
Sentimientos
Para mi amigo Jacob Bendahan y su insuperable Haendel nocturno
¿Has mirado alguna vez el cielo azul fijamente? ¿Has dedicado tiempo a sentarte cerca del mar y observar el lento y sensual vaivén de las olas? ¿Te has dejado atrapar alguna vez por el resplandor de la luna llena en primavera, cuando el aire es dulce y esta preñado de aguas y vida?
Dijo Leonardo Da Vinci que “la simplicidad es la sofisticación extrema” y yo estoy de acuerdo. No hay cosa más bella que el rodar de las horas desnudas, contempladas desde la acción de la inacción, lo que en China llaman el Wei Wu Wei. Al fin y al cabo, independientemente de lo que nosotros hagamos, el universo fluye armónico desde su majestuosa atalaya donde el tiempo es irrelevante, y nosotros, pobres criaturas efímeras, vivimos encerradas en un espacio en el que las cosas que no tienen importancia tienden a convertirse en montañas, y las sencillas, desde su humilde y simple presencia, no reivindican su lugar al sol. Es precisamente en esta humildad inherente al saber cual es su sitio en el universo donde radica la belleza de todo.
No cabe duda de que nuestras vidas, son el resultado de la acumulación de hechos insignificantes. Incluso lo que en algunos momentos puede parecer vital o muy importante, el tiempo, impenitente verdugo invisible, acaba poniendo en su lugar, y no hay nada, excepto ciertos momentos que recordamos y cuya verdadera esencia guardamos, que tenga mayor importancia que lo que sentimos en función de lo que vivimos, como mezcla del bagaje de sentimientos pasados y vetustos y la realidad diaria. Al final todo es muy simple, es una cuestión de amor.
El amor es el sumun de la simplicidad, es el despojarse de todo lo adicional para escarbar en la raíz misma de las cosas, es la simpleza de la chispa dadora de vida, de cuya semilla primigenia que todo lo comprende afloran los sentimientos en su más pura expresión . Uno puede amar a familiares y amigos, e incluso en algunos casos extremos a su pareja
, pero también puede amar el levantarse e inundarse de la luz de la mañana, la visión de los turbulentos remolinos de nieve en la tormenta, el lento y lánguido transcurrir de la lluvia y sus gotas, nube vieja, en cualquier tarde otoño, el impenitente pasear del sol en el cielo diario, o el silencio espectral de la noche donde, si escuchamos con atención al universo, hasta las estatuas respiran desde sus piedras azotadas por los vientos y los años.
No es menos cierto que de la misma manera que el ser humano ama, las cosas también aman. El olor de la pintura no puede vivir sin la basta piel del lienzo, las tablas de un teatro no entienden su existencia sino es bajo el peso del actor transportado a otros cuerpos u otros lugares, los colores no pueden refulgir sin desear la primavera. En consecuencia, todas las cosas y personas, todos los elementos que en mayor o menor medida forman parte del universo, tienen un lugar asignado dentro de una armonía majestuosa, inabarcable en su inmensidad, fría y dura en el incólume acero de su atemporalidad. Todo y todos formamos parte de algo mayor, cuya verdadera esencia es tan simple como el comprender que yo no soy yo, sino parte de un somos, y que amando la vida, no cabe más que amarse a uno mismo y por lo tanto a todos los demás.
En el caso particular de la música, que debo recordar es el único de los apetitos universales que es metafísico, no me cabe la menor duda de que la simple nota de un instrumento, en la medida en que la alborotada melena de las fusas y corcheas se enredan en nuestros pechos desde su vuelo sin rumbo, es capaz de transportarnos a lugares y sentimientos que solo viven en nuestro interior privado y particular. En su continuo perseguirse en el tiempo siguiendo los dictados del compositor y el interprete, no llegando nunca a alcanzar a la nota precedente o posterior, casi como la carrera del niño en que se persigue a si mismo para agotar su infinita fuente de energía, proveniente de la necesidad de abrirse a la vida, las notas se buscan y brincan en el aire haciendo el amor con colores y sensaciones que no podemos agarrar ni diseccionar, pero que percibimos en la medida en que nuestros sentimientos se mueven a su compás.
La simplicidad de la belleza en la música no radica en acumular instrumentos o en la colisión o cohabitación de multitud de notas y sonidos al mismo tiempo, sino en el despojar al espacio de todo aquello que sobra para acercarnos un poco si cabe con cada representación y cada audición a la armonía universal, a la lenta letanía del latir timorato e imperceptible del universo en que estamos encerrados, que sabe a latón y suena a tuba ronca en el devenir de las horas vacías en el vacío espacial.
En la medida en que tú, que has tenido la paciencia suficiente como para leer hasta aquí, dejes que las cosas efímeras se te caigan de los bolsillos a lo largo de tu caminar en la vida, como se caen de las manos de los niños las conchas recogidas en la playa, sin esfuerzo, sin traumas, a veces probablemente con sorpresa, nunca con drama, estarás sentando las bases de un mejor discurrir de tu estancia aquí, y podrás percibir como el fluir natural de las cosas se posa sobre tus horas y tus días, tus amores y tus lamentos como un lebrel exhausto tras la carrera, sedoso y cálido. Entonces tu vida será un compendio de cosas simples y bellas, despojadas de lo superficial, y podrás percibir de manera creciente la belleza de la eterna armonía universal.
Francisco Gordillo 2011

