
De la traición y la mentira...
Vivimos en un mundo de personas huecas donde los vacíos de las mismas se llenan de comida basura para el cuerpo, la mente y el espíritu, donde todo vale por el mero hecho de alcanzar un objetivo social, un beneficio económico, obtener una retribución o un bien material.
Vivimos en un mundo donde las verdades se esconden en sus casas por miedo a ser violadas en público una vez más, y las mentiras y traiciones, por desgracia, corretean libres por los parques de nuestra sociedad, quemando las flores del alma, pisoteando la verde hierba de la decencia desde sus juegas interminables, golpeando, ultrajando y humillando una vez más a la indefensa mujer desnuda que todos de alguna manera somos.
La traición, es dejar de lado o renegar del compromiso de lealtad adoptado por una persona hacia otra, un ideal o un sentimiento. Solo puede vestirse de dos formas, con el etéreo manto de las palabras, o con el seco traje de las acciones.
Entiendo bien que la traición, en la mayoría de los casos, es el resultado de la debilidad más que del propósito firme de traicionar, lo cual, desde el punto de vista del perdón, al traicionado lo pone en una situación francamente delicada, por no decir de imposible retorno, ya que, en primer lugar ¿Cómo perdonarle si siendo la traición el resultado de su débil naturaleza no podrá evitar traicionar por segunda vez? Por otro lado, de no ser así, ¿Cómo poder volver a confiar en alguien que nos ha traicionado desde la firmeza del propósito?
De otra forma, la mentira es ocultar la realidad esperando que aquellos con quien compartimos una información, a sabiendas de que es falsa en su totalidad o en una parte, nos crean. Desde mi punto de vista, la peor de las mentiras es la del silencio, la de esa noche que cae sobre lo que se debería decir pero que no se comparte, entendiendo el mentiroso que la omisión le pone en una posición de mayor aceptación de su agravio, ¡No ha mentido, únicamente ha omitido la verdad! sin duda el resultado de una cobardía al cuadrado, en la medida en que, de manera intrínseca, dicha actitud conlleva la aceptación total del entendimiento de la naturaleza de la mentira ocultada.
Escribió Dante Alighieri en su Divina Comedia que Bruto, Casio y Judas fueron devorados por el mismísimo Satán, siendo la traición el mayor de los pecados, y por lo tanto mereciendo el mayor de los castigos eternos. Yo no sé si hay algo que merezca semejante castigo, no soy religioso, y por lo tanto me cuesta mucho imaginarme un fin o evolución de nuestra energía vital que no comprenda la “condena” a ser feliz, no obstante lo cual, si he de decir que ambas dos, la mentira y la traición, me parecen horrorosas. Dos caras de la misma moneda.
Humildemente pienso, que la vida no es una cuestión de contratos, papeles, reglas y ángulos, es el resultado de tender puentes entre almas y espíritus, de encontrar lugares comunes a través de las vivencias, las alegrías y los dolores, es el resultado de crear, gestionar y alimentar relaciones.
La confianza en las personas de las cuales, de una manera u otra decidimos rodearnos, es un fino hilo de invisible seda, es el arabesco de una columna morisca, es el dibujo chinesco de un abanico visto al trasluz, y bien por acción u omisión, cuando dichas bellezas se descomponen y vejan, es prácticamente imposible devolverlas a su estado original, tal y como ocurre con todas las cosas complejas debido a su inherente fragilidad. De la misma forma que la porcelana rota siempre mostrará finas grietas después de ser pegada, o a la mujer golpeada por el marido le cuesta levantar la cabeza y sostener la mirada desde la negra atalaya de su vergüenza, una vez que la traición y la mentira han teñido de sangre la percepción de aquel o aquella que entendemos nos ha traicionado o mentido, es muy difícil volver al estado previo en el que todo era bueno, bonito, dulce y amable.
No soy religioso aunque me educaron en la fe católica. No creo en la Biblia, aunque muchos de los textos del Nuevo Testamento me parece incluyen lecciones vitales y morales contadas desde una sutileza muchas veces exquisita. No creo en su veracidad, ni me parece apropiado cuestionar la solidez de sus relatos. No encuentro en ella consuelo para mi alma, pero si creo, que entre las perlas que ocasionalmente se esconden entre las innumerables y vetustas líneas de sus páginas, reside una verdad absolutamente incontestable “La verdad os hará libres”.
Francisco Gordillo 2011

