
Silencio
El silencio está escondido detrás de la palabra. El silencio, que es la ausencia de sonido, habla con otro silencio que escucha en silencio. El silencio es la noche de lo que oímos.
El silencio a veces se instala entre dos cuerpos, y lo puede hacer vestido con dos trajes diferentes; el de la falta de algo que comunicar, y el que dice más que cualquier frase.
El primero da pena, está vacío, es frío, duro. Impávido te fuerza a no mover un músculo si se toma consciencia de él, no vaya a ser que alguien diga algo. Este tipo de silencio también puede ser el de la falta de consideración derivada de la rutina, hijo del hastío, vástago del que mira pero no ve nada, el resultado del exceso de tiempo compartido, preñado de la rutina de lo que ya ni siquiera se ve cuando se hace.
El segundo es un silencio lleno de aguas y colores, de sol y olas de grillos y cigarras, de cinturas de trigo en el amanecer. Es el vínculo invisible que, si existió una vez, siempre acompañará a ambas partes, indestructible en el tiempo, transparente, limpio y lúcido. Es el que pinta cuadros en el aire que solo dos personas ven, arañando la superficie del ruido y el sonido, lleno de luz transparente.
Para mí, el silencio más bonito y por lo general el menos apreciado por nunca llegar a su destino, es el del padre o la madre mirando embobados como sus bebes o hijos e hijas hacen algo, sea lo que sea, y sus pechos se llenan de un sentimiento que nunca antes habían sentido, el de saber de manera irrefutable que hay alguien tan importante que ni la vida importaría si hubiera que elegir.
El sonido es horadado por el silencio de la misma forma que esculpe el aire en la ausencia de sí mismo. Hay personas que no entienden que solo merece la pena decir algo si sus palabras son más interesantes que sus silencios, los cuales por defecto, siempre suelen serlo. Yo prefiero la monumental majestuosidad del callado silencio, que la tromba líquida de palabras sin sentido que suele abrumar y hasta desorientar a quien las pronuncia sin poseer la suficiente profundidad de espíritu como para al menos una vez habérselo cuestionado todo, hasta la vida misma.
El silencio, que probablemente sea el único amigo que jamás traiciona, suele por lo general ser la peor de las mentiras, en la medida en que cubre lo que debería decirse con un manto de pretendida inexistencia duro y frío que solo busca el ostracismo y la desaparición de la verdad que se debería decir.
Teniendo en cuenta que existen muchos tipos diferentes de silencio, la totalidad de ellos se puede resumir en dos; positivos y negativos. De cualquier forma, para mí, el más interesante es el silencio espiritual.
El silencio espiritual o en la espiritualidad, es sin duda señal de paz interior. Desde mi humilde punto de vista es básico y vital abrazar el silencio para poder intentar comprender o comprenderse a uno mismo. No hay mayor paz que aquella que proporciona la desconexión del mundo exterior, la búsqueda del equilibrio entre lo efímero y banal y lo trascendente, entre lo interior y exterior, entre lo masivo y lo diminuto. Solo es cuando tiene lugar la exploración de los diferentes planos de quietud que se superponen en el silencio recogido, a través de la contemplación callada, tanto del interior propio como del exterior, que se es capaz de descubrir la sinfonía universal y su infinita armonía, de la que nosotros no somos más que otra voz sumada al coro de la música universal.
Francisco Gordillo 2011

