
Nostalgia
Envidia tengo de las calles porque viven en la calle, de los abedules verdes y los geranios en las ventanas puestos al sol.
Si tuviera que crear una religión, lo haría con el agua de tus lágrimas, la de los cabellos y pestañas negras que brillan sonriendo al día, húmedos de luz en la mañana de la vida, cantando líquidas y sensuales milongas arrabaleras entre gentes que miran de lado con ojos azules, bajo pelos engominados, viajando siempre entre el amanecer y la puesta del siguiente sol.
Envidia tengo de las noches con música y su aire tibio de verano, donde vuelan los perfumes de mujer entre sales de mar y promesas de amor.
Si tuviera que crear una mañana, lo haría con soledad, con la acrobacia de estar solo al lado de alguien que no es otro que uno mismo, enterrado en los mares de recuerdos que se bambolean de un hemisferio al otro del corazón.
Envidia me dan las rayas de los trajes y camisas, que se tuercen y arrugan sin perder su rectitud, atrapadas entre colores ajenos, bailando al son de la balada de un loco con trompeta que pone flores en el aire y no hace caso a la razón.
Si tuviera un arma, la emborracharía de antiguos besos para que disparase melancolía en la alegría de estar triste, y colorease de nostalgia los aires agitados por el recuerdo de una respiración, al vavivén de un pecho lleno y la imagen vívida de esos muslos que saben a zumo de limón.
Envidia me dan las nostalgias que abren de par en par las puertas del alma, chirriando solemnes desde sus goznes invisibles cual bramido de vaca herida en la distancia sin sentido ni opinión.
Si tuviera que elegir un día, me quedo con aquel de la amiga que siempre sonríe, desde la triste atalaya donde ruedan carcajadas que se le caen de los bolsillo como si cupiera toda la vida en su boca y su zurrón.
Francisco Gordillo Miami 2011

