
Luna Llena
¡A mi adorada hija Manuela!
La noche llegó para arroparla con su polisón de nardos, los ojillos verdes y almendrados luchando por no caer cerrados. Huele a fruta y a mañana, a trigo y a luz, a cacahuete, cebolla roja, tomate y anacardo.
Su respiración es una caricia caliente que cuenta cuentos inocentes, repletos de estupefacción en el descubrimiento de todo lo bello de esta vida y sus colores, de los amores pequeños por las cosas pequeñas que el trotar del sol le va descubriendo al avanzar en la mañana de la vida entre sonrisas, de vez en cuando llorando.
La luna vela, yo la estoy velando, y la oscuridad de la noche se clarea por si se despierta soñando.
Las manos son almendras blancas y diminutas que sujetan dos rosas portuguesas, amarillas y pálidas entre los puños cerrados. El pelo mojado por la noche se le pega en la frente y la piel cálida, enredado en dibujos bellos, cremosos, espesos y extraños.
Los pies son dos patas de pato que pedaleando en el lago de su sueño de tanto en tanto me van despertando. Sus pestañas son negras y gruesas, están llenas de aguas y brillos, de lágrimas minúsculas que como torrente se llevan en su caudal mi razón mecida en su llanto.
Quisiera ser estrella para acompañarla siempre en la noche, en esas oscuridades en las que duerme cuando no está conmigo. Quisiera destrozar con mis manos esos postigos que se cierran de jueves en jueves y que me ciegan cual loco encerrado en sí mismo, solo cuerdo por las rendijas de luz que arroja el siguiente jueves sobre el cerro del infinito cariño.
Quisiera ser canción para que me cantase en su cabeza, y que durmiese profundo mientras me canto a mí mismo al abrazarla en mi regazo.
Quisiera ser parte de su sueño, y vivir en la casita de muñecas que sueñe, donde las cortinas serán del tamaño de las uñas de un pulgar, donde los candelabros que la iluminen serán minúsculos y seguro brillarán como lágrimas y estrellas lejanas, venidas de otros tiempos y otros mundos, reflejados sus rayos de escarcha blanca en el suspenso del latir de las horas de una tierra donde siempre es verano.
Duerme con una nana, duérmete mi amor en mis brazos, flor de mi sangre, duérmete tranquila, que la luna platazul y tu padre velan tu noche y te estarán todas las noches velando.
Francisco Gordillo Madrid 2011

