
Niña con Síndrome de Down
La tarde se despeñaba en el acantilado de la noche. La lluvia resbalaba lánguida haciendo olas sobre el frío cristal. El hombre apoyaba su codo izquierdo en el marco de la ventana por encima de su cabeza. Una mano quieta en la nuca, la otra reposaba en la cadera mientras el cigarrillo que sostenía se consumía en espirales de humo gris azulado. El traje de Tweet color tierra se arrugaba en torno a los hombros tensos como cables de acero. Uno de los zapatos Burdeos de cordones golpeaba rítmicamente el suelo. Impaciente, nervioso, expectante.
El hombre, mirando la estancia en el cristal, vio entrar al doctor más allá del reflejo del sofá azul barato. ¡El ginecólogo! Dejó caer el pitillo y sin aplastarlo giró sobre sus talones.
El doctor le miró estático mientras el hombre se acercaba lenta y pausadamente hacia él. Era atractivo, alto, delgado, con mentón bien formado y un flequillo rebelde que le caía a chorros por la frente, enmarcando unos ojos negros, vivos y brillantes como frijoles lavados. Tenía pinta de despistado, como si habitara en otro plano existencial, en otro espacio y otro tiempo que no eran ni el allí ni el entonces. No era antes de mirar aquellos intensos ojos que se podía conciliar su aspecto con el hecho de que fuera uno de los grandes pensadores del Siglo XX.
A medida que el doctor habló, los hombros del sabio en ciernes se relajaron paulatinamente hasta hundirse según las palabras construían un muro entre los dos, convirtiendo su desesperación en algo sólido que intentaba trepar por la pared de términos para llegar al ginecólogo. ¡Había deseado tanto aquel bebé!
Sus facciones permanecieron impasibles, sus ojos dejaron de brillar, su cara se cubrió de lágrimas largas y gruesas, lloradas de una en una. Se giró lenta y pausadamente, recogió su sombrero de fedora gris y salió por la puerta sin mirar atrás.
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Al principio las noches y los días eran pozos negros de donde no se podía salir. Algunos meses después, el hombre logró borrar de su memoria los sollozos de la madre de su hijo al repudiarla por teléfono. Entonces el tiempo empezó a brotar a borbotones, transcurriendo rápido durante muchos años, las pisadas que presagiaban el mañana alborotadas a medida que se acercaban al presente. La alegre libertad hija del olvido, enmarañada entre el brillo del sol y el refulgir de los días y los éxitos.
El hombre trabajó hasta casi descanarse el alma. 20 años pasaron cual suspiro.
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Al principio dudó. Tras mucho reflexionar acepto la petición para dar un discurso en una de las universidades que le había nombrado Doctor Honoris Causa. No podía rechazar la amable invitación que el Rector le había extendido pidiéndole un favor personal. La charla debería versar sobre la inserción social de los niños discapacitados como hecho diferenciador de las sociedades avanzadas. Estaba invitado en calidad de eminente humanista, escritor y abogado.
Ahora se encontraba en el estrado, parapetado detrás de un atril, leyendo mecánicamente los folios que había redactado para la ocasión. El traje de Tweet gris impoluto, el cardigan azul marino contrastando con la camisa blanca y la pajarita perfectamente anudada. Las gafas circulares de montura de fina plata reflejando las luces y despojando a su cara de cualquier expresión. La frente marcada por los años, las manos encorvadas sobre si mismas en el sujetar de los papeles. Allí subido, armado con sus palabras, se sentía un titán inalcanzable, casi inhumano, un ser superior.
“…Y eso es lo que nos diferencia de los animales” Concluyó.
La multitud irrumpió en vítores mientras él plegaba sus folios parsimoniosamente. Cuando levantó la cabeza vio el repleto auditorio puesto en pie, las tablas de madera de sus paredes casi vibrando bajo la atronadora ovación. Las butacas rojas apenas se veían entre las caras y cabezas de la multitud de estudiantes, donde se adivinaban aquí allí algunas personas entradas en la treintena y hasta en la cuarentena, por lo general ocupando los pasillos laterales.
La primera fila estaba ocupada por el rector, parte del cuerpo académico y algunos jóvenes con síndrome de Down que cursaban sus estudios en la Universidad.
Una vez se hubo apagado el aplauso, el rector y cinco de los estudiantes “especiales” subieron al estrado y se pusieron en fila a su izquierda. Esperaba la descripción de los logros de cada uno de ellos por parte del Rector como paso previo a entregarle un diploma a cada uno de ellos.
El hombre estrechaba las manos de los estudiantes sin emoción y les dedicaba unas palabras antes de que estos descendieran del estrado y volvieran a ocupar sus butacas.
El penúltimo joven, después de recoger su diploma se paró ante las escaleras para levantar los brazos sonriendo de felicidad, tras lo cual el auditorio prorrumpió en gritos, aplausos y silbidos.
El último de los estudiantes esperaba visiblemente ansioso mientras el rector leía.
“…y es digno de admiración que sus progresos académicos, su determinación y energía, no solo lo hayan convertido en uno de los estudiantes más queridos y respetados de toda la universidad, sino en el número uno académico de su promoción de la escuela de derecho”
El auditorio se puso en pie ovacionando al muchacho con tal pasión que hizo palidecer el aplauso que le habían dedicado al famoso erudito. Vestía un jersey azul marino, una camisa a rayas grises y blancas con una pajarita y un pantalón gris un poco gastado, de cuyas perneras sobresalían unas relucientes zapatillas de deporte negras con suela de goma.
Tras estrechar la mano del rector el chico se acercó al erudito. Cuando este alargó su brazo para saludarlo y hacerle entrega del diploma, el joven, en vez de recogerlo, se abalanzó sobre el y le abrazó con fuerza.
El sabio, sobresaltado inicialmente pensó que estaba siendo agredido, y mientras que al principio intento zafarse, incomodo ante el público que esperaba su reacción, notó como el muchacho empezó a sollozar de manera violenta en su hombro.
Después de forcejear consigo mismo durante unos segundos, finalmente puso uno de sus brazos por encima del chico, el cual poco a poco se calmó, y despegándose de él le miró a la cara con su mirada torcida y de cejas siempre levantadas, ojos y pómulos brillando de felicidad, diciéndole con una ternura infinita “¡Que orgulloso me siento de tí!”
El hombre, en shock y completamente bloqueado, no pudo más que ver como el muchacho se acercó hacia el atril arrastrándolo de la mano sin que este pudiera oponer ningún tipo de resistencia. El auditorio estaba en silencio ante la curiosa escena, expectante, ansioso de saber que ocurría.
El muchacho entrelazó sus dedos gruesos, jóvenes y firmes con los del señor mayor, acercó su cara brillante al micrófono y dijo;
“Es mi padre. No creo que haya nadie en este mundo más orgulloso de su padre que yo”
Tras lo cual se giró para mirar a los ojos del padre que nunca llegó a conocerlo, en un hospital, 20 años antes, por vergüenza de su enfermedad, su arrogante juventud superdotada no pudiendo aceptar el hecho de que su descendencia fuera “especial”.


Esta bastante bien pero te pierdes demasiado en las descripciones y los adjetivos olvidando la trama. Pero me ha gustado mucho
Gracias Diana, por leerlo y por hacer una cr´tica, es todo un honor
No voy entrar en lo que dice Diana, eso a mi me da igual, me importa simplemente el pellizco que me ha dado en el estomago.
Gracias Arcelina, también es un honor.
Debo aclarar que Diana es una gran editora, y por lo tanto su crítica la emite desde la fortaleza de criterio profesional.
La tuya desde la emoción.
Ambas son válidas para mi.
Gracias!!