La verdad, como expresión de la felicidad, en la medida en que entendiendo se sabe, y por lo tanto se puede dar la reunión con todo lo que es, tiende a ser tomada por muchos o casi todos como algo fijo, un punto estático metafísico. Esto es una gran falacia.
En la medida en que la verdad o la felicidad fueran estáticas, existirían caminos que condujeran a ella, existirían métodos que nos acercaran a través de su práctica a la feliz conclusión, pero esto no es cierto, ya que todo método, toda organización, todo camino, acaba irremisiblemente por intentar someter la voluntad del individuo a las reglas o normas de dichas creencias. Es precisamente por esta necesidad de doblegar lo que de por si es natural en el ser humano, el dejarse llevar sin esfuerzo por el flujo de la vida y el universo, que no creo en ninguna religión, secta o credo.
Respeto mucho aquellos que sienten la necesidad, la llamada gregaria del “pertenecer”, o encuentran consuelo y alivio en escrituras, templos u órdenes, pero ¿Porqué encerrarse en un templo para el recogimiento, cuando se puede contemplar el mar y dejarse azotar por sus sales y olores? ¿Porqué querría nadie orar a la luz de las velas cuando podemos bañarnos por los rayos del sol? ¿Porqué querría nadie escuchar un sermón cuando se puede oir el mar estallar contra la roca o el pasto mecerse en la brisa?
Lo cierto es que todo sistema, todo orden lógico impuesto por cualquier organización, sea secta o religión, es fruto del raciocinio, y por lo tanto no sirve para alcanzar la plena felicidad y el entendimiento, ya que, en la medida que reflexionamos en vez de sentir, nos impedimos a nosotros mismos explorar lo que nos une con lo que nos rodea, en ultima instancia lo que nos permite entender nuestra vital e insignificante posición como parte del universo.
¿Quién no se ha vuelto loco intentando racionalizar el dolor derivado de una ruptura amorosa, la febril agitación del enamoramiento, el sufrir de un hijo, la perdida de un ser querido, o las emociones que una obra de arte o la música descubren en nuestro interior y no podemos controlar? Es precisamente en nuestra incapacidad de reducir el universo a leyes que expliquen todo aquello que no es tangible, todo aquello que depende del sentir, donde reside el fracaso de nuestro intelecto, y donde habita la raíz de la predeterminación impuesta, cada vez de manera más rígida, por lo que a día de hoy llamamos progreso.
No hay un camino hacia la felicidad, todos somos intrínsecamente felices, es parte inherente al hecho de que somos y existimos de manera consciente. De esta forma, igual que los niños nacen como lienzos en blanco que la experiencia y la vida van pintando y coloreando, lo único que nos separa de nuestro verdadero y feliz Yo es el miedo, ya que, en la medida en que “crecemos” y “maduramos”, coartamos nuestra capacidad de buscar lo nuevo, de ilusionarnos con lo ínfimo, de regocijarnos en el descubrimiento de lo que nos rodea, de disfrutar del verdadero misticismo, que no es otro que la capacidad de maravillarnos desde el confinamiento irreductible y sin barreras de nuestra imaginación y nuestros sentimientos. El miedo a lo desconocido, al dolor, al fracaso, a no seguir el camino que se nos impone, a no ajustarse a las reglas, a no ser respetado, a no ser entendido, en resumen, a todos esos miedos que nacen de la raíz atávica de todo lo que nos empequeñece como personas.
Yo me pregunto ¿Es que puede haber un miedo mayor al de mirar hacia atrás en el lecho de muerte y reconocer que no se aprovecho la vida? Por tanto, ¿Qué sentido tiene el temor a perseguir todo aquello que de verdad nuestro espíritu y corazón nos pide que alcancemos?
En resumidas cuentas, la verdad, ergo la felicidad, es lo que encontramos cuando nos liberamos de los miedos que nos agarrotan y de verdad nos abrimos a poder comprender que no es algo temporal, estático o definible, sino la comunión con el todo absoluto que es el universo, y al cual estamos ligados de manera indefectible por el mero hecho de ser y sentir.
Francisco Gordillo. Madrid Abril 2012
Si te pareció interesante esta entrada, échale un vistazo a “Mi dios”


